Trabajo precario, fiesta clandestina y escuela: miradas adultas sobre lxs jóvenes en pandemia

Uno de los debates recientemente más suscitado fue el accionar de lxs jóvenes y su aparente actitud de descuido e irresponsabilidad en relación a la pandemia, principalmente a partir de noticias sobre fiestas clandestinas, playas y balnearios repletos. En esta nota, analizamos los discursos sobre esas prácticas juveniles y el impacto de la ausencia de las voces, intereses y realidades de lxs propios jóvenes en el diseño de las prácticas de cuidado y la habilitación de las actividades durante el DISPO.

Lo que hacen o dejen de hacer lxs jóvenes históricamente está asociado con su condición etárea e “inmadurez” para tener voz social. La discusión tiene matices y el relajamiento de los cuidados en una sociedad que ya tiene conocimientos sobre las consecuencias de ello requiere quizás una mirada más comprensiva que punitiva.

Identificamos cuatro sesgos que se han impuesto en los discursos sociales sobre el accionar de lxs jóvenes en la actualidad, que desde nuestra perspectiva, hacen caer la discusión en lugares poco fértiles.

1) “Hacen las cosas que hacen porque son jóvenes”: la totalización de las juventudes en una sola categoría que se explica por sí misma

Existe una tendencia a asociar los actos de las personas casi linealmente a su condición etárea, en este caso la juventud como etapa. Desde otra perspectiva se entiende a las juventudes (en plural) como la condición biológica o etárea que se entrecruza con otras dimensiones, tales como la clase, el género, la etnia, etc. Existe una operación totalizadora -intencional o inocente- de identificar a la juventud con jóvenes que tienen la posibilidad de vacacionar en las playas o balnearios sin protocolos -jóvenes de clase media/media alta que pueden pagar sus vacaciones-.

Circularon videos y fotos de fiestas clandestinas con cientos de jóvenes que pagaron entradas carísimas para acceder a las mismas y otras donde la cantidad de gente se puede ver por la cantidad de autos, marcas de clase si las hay. Por lo general, esto deriva en representaciones que muestran a la juventud como una sola y como una condición homogénea para quienes transitan por ella.

Resaltamos el “olvido” de los medios de comunicación de reconocer a lxs jóvenes que sostuvieron los comedores comunitarios que duplicaron sus raciones con el impacto de la pandemia, a lxs referentes juveniles territoriales que formaron parte voluntariamente de los equipos de trabajo del COE, a aquellxs que trabajaron de delivery hasta en los momentos de mayor cantidad de casos -y de temor- para que la gente pudiera “quedarse en casa” y ni hablar de lxs jóvenes residentes y trabajadorxs estatales que estuvieron en la primera línea de fuego por no ser grupo de riesgo en términos epidemiológicos.

Están ausentes en el discurso hegemónico lxs jóvenes que durante la pandemia perdieron sus trabajos o empobrecieron aún más su condición de precariedad laboral, lxs que no lograron adaptarse a la virtualización escolar en detrimento de su calidad educativa o exclusión del sistema escolar.

Aparecieron en cambio, generalizadamente en la agenda pública y mediática como lxs transgresores, irresponsables, descuidadxs que incumplieron las normas sociales del distanciamiento a cambio del disfrute sin control y las fiestas clandestinas.

Una primera cuestión que rechazamos es la asociación automática de lxs jóvenes como un sector “naturalmente” transgresor a las normas sociales y medidas de cuidado impuestas por la pandemia, como si ello se debiera a su condición biológica, y respondiera a una etapa vital caracterizada por la rebeldía, la inmadurez, la osadía, la necesidad del goce y el disfrute con otrxs. Es una lectura simplista para pensar las juventudes y obedece a una mirada homogeneizante que no contempla los determinantes socioculturales que componen las múltiples realidades juveniles, se deberían visibilizar todas las posiciones y roles que han ocupado lxs jóvenes durante la pandemia y no únicamente el que desde el discurso adultocéntrico se le ha querido asignar.

(Imagen: La tinta)

2) “Lxs jóvenes no sufrieron la pandemia como el resto”: el reparto de costos y el abordaje adultocéntrico de la pandemia

El reparto de costos en términos sociales, esto es, quiénes están pagando y pagarán las consecuencias de la pandemia es otro de los nudos más candentes. El paradigma que ubica a la salud física en el centro decreta que son lxs adultxs y lxs adultxs mayores quienes recibieron los impactos más severos de la pandemia, desde un punto de vista médico-biológico es irrefutable. Sin embargo, el relajamiento masivo de los cuidados en amplios sectores de la población a pesar de los conocidos riesgos, nos hace pensar que hay otros puntos de vista que se vuelven necesarios para comprender cómo las personas y las sociedades asumen los riesgos y las consecuencias de sus actos.

Según un estudio realizado en el mes de mayo del 2020 por un equipo de investigación sobre Juventudes de la FCS – UNC[3], del 35% de lxs jóvenes cordobeses que trabajaban antes de la pandemia, el 65% perdió su puesto de trabajo. Del total de jóvenes que trabajaba, solo el 4% lo hacía de manera registrada. En aquel momento del año, el 19,5% de lxs jóvenes se encontraba desempleadx, y 7 de cada 10 en esa condición fueron mujeres.

Lxs jóvenes sufrieron las consecuencias de la pandemia quizás no tanto en términos biológicos pero sí en aspectos de la vida donde los costos se distribuyen sobre todo por género y por clase.

Poco se sabe aún sobre los impactos en su salud integral, mental, en sus vínculos y en la vida cotidiana. Las juventudes no tuvieron la posibilidad de decidir soluciones para sus problemas.

Este desliz -exigir igual obediencia frente a desigual participación- no resulta obvio porque el adultocentrismo tiene encima el velo de la naturalización.

Resulta lógico pensar que lxs jóvenes no tienen derecho a participar en las decisiones públicas, que deben obedecer sin resistencia lo que se les ordena aunque no se tengan en cuenta sus necesidades. Pero como las operaciones de poder nunca son absolutas y hay resistencias, muchos grupos de jóvenes crearon sus propias estrategias para recrearse y resolver sus necesidades específicas en pandemia por fuera de las normativas vigentes.

Al no haber propuestas de recreación orientadas a jóvenes desde una perspectiva del cuidado las necesidades de recreación fueron resueltas en el ámbito privado.

Durante gran parte del 2020, la preservación de la salud física expuso a grandes sectores de la población al deterioro de otras dimensiones de la salud. Si bien esto puede ser entendible en el marco de una pandemia y en un contexto de recursos escasos y bajo la premisa -cuestionable y no tanto- de que “la salud mental se recupera y la vida no”, es cierto que con el “diario del lunes” podemos ver que ese razonamiento hoy resulta insuficiente.¿Qué costos sociales? ¿Quiénes volverán a soportar esos costos sociales? Son algunas de las preguntas que nos empiezan a resonar.

Frente a un nuevo escenario de pandemia y de la anunciada segunda ola, nos surgen algunos interrogantes: ¿cuáles serán los costos sociales que se tendrán en cuenta en esta etapa de la pandemia? ¿Quiénes volverán a soportar mayormente esos costos?, ¿Se tendrán en cuenta las voces de las juventudes en el abordaje de esta nueva etapa?

(Imagen: La tinta)

3) ¿Lxs jóvenes quieren volver a la escuela?: Los “para qué sí” permitidos

En el contexto de pandemia puede decirse que hubo algunos “deseos juveniles” que fueron visibilizados; ¿cuáles fueron considerados legítimos y cuáles no?, ¿qué derechos y obligaciones juveniles fueron aceptadas bajo la regulación del mundo adulto?, ¿cómo se vincula esto con otras lógicas de pensamiento dominantes, como la meritocracia?

En la definición de las necesidades permitidas y la cuestión juvenil, no entraron en la agenda lxs jóvenes que sostuvieron los trabajos precarios de delivery y las masivas manifestaciones de estas empresas no fueron analizadas como una situación de riesgo generada por las juventudes. En paralelo, gran parte de las disputas mediáticas del presente tienen que ver con que “lxs jóvenes quieren volver a la escuela”.

No sería posible poner en duda la importancia de la escuela en la vida cotidiana juvenil, sin embargo, no han aparecido entrevistas donde jóvenes hablen en primera persona. Son adultxs hablando en nombre de ellxs, dando por sentados sus deseos, expectativas y sobretodo su deber ser; estudiar y trabajar. Los únicos dos motivos por los cuales lxs jóvenes pueden exponerse al virus y exponer a lxs demás.

Lo que deja a la vista un orden de prioridades administradas por una agenda adultocéntrica que marca el “deber ser” de lxs jóvenes en este y en cualquier otro tiempo.

(Imagen: Huerquen)

4) “Lxs jóvenes de antes iban a la guerra y los de hoy no se pueden poner un barbijo”: El Estado patriarcal y la subestimación de las emociones

Una de las premisas que subyace al sistema patriarcal como tal es la sobrevaloración de la lógica racional-individual por sobre todas las otras lógicas. La subestimación de lo emocional ubicado como opuesto a lo racional -y su histórica asociación con lo femenino, con el ámbito doméstico, privado y por lo tanto como cuestión prescindible de ser abordada en la esfera pública- se enmarca en este paradigma y más específicamente en la teoría liberal de “las dos esferas”. Esta última, contrapone lo público/privado, lo femenino/masculino, lo racional/lo emocional y les otorga un valor desigual, en desmedro de la segunda esfera.

“Lo juvenil” y “lo femenino” como totalizaciones que ocultan la diversidad de su interior, son asociadas a la irracionalidad, a la infantilidad y por lo tanto disminuidas en su status. En oposición, el discurso médico-científico que propone orden y obediencia representa la racionalidad, la madurez, la adultez.

La lógica adultocéntrica-patriarcal marca el “deber ser” y espera que “el otrx” obedezca, dando por sentado que la racionalidad que contiene es la única posible.

Lxs jóvenes como el aguantadero de la sociedad, quienes deben sacrificar sus intereses y emociones en pos de los intereses colectivos, el “aguante” como el mandato de las generaciones anteriores.

¿El camino es dejar que cada persona haga lo que necesite sin importar los costos sanitarios, económicos y vitales de ello? Para nada, pero se vuelve necesario desarmar los sesgos patriarcales y adultocéntricos que se enlazan en los discursos y en las políticas públicas desde el lugar de la madurez racional.

El concepto de “cuidados” que tanto vuelo ha tomado en los últimos años no debe ser aislado de la lógica integral, comunitaria y no punitiva que se le asignan. El cuidado como la práctica ancestral donde la otredad no aparece desde la acción individual de “mi derecho termina donde empieza el del otrx” sino desde un enclave comunitario de contención, creación de redes y soportes colectivos para la salud.

En esta propuesta, la división entre lo público y lo privado se disuelve en lo comunitario, la racionalidad incluye las emociones dentro de sí y las revaloriza como una dimensión central de las sociedades.

A modo de cierre, aún en nuestro esfuerzo por cuestionar los sesgos que tienen aquellas miradas que colocan injustamente a las juventudes en el centro del debate sobre la maximización de los riesgos en los últimos meses, creemos que no podemos escapar en la discusión de la omisión de la palabra de lxs propixs jóvenes.

Resaltamos una vez más la necesidad de incluir representantes juveniles en las definiciones que se tomen de acá en adelante para garantizar una gestión responsable, integral e inclusiva de todas la voces y de todas las dimensiones de la vida como la economía, el trabajo, la educación, la recreación, entre otras. En este contexto, planificar y no dejar librado al azar o al mercado, los espacios y acciones que permitan ejercer el derecho al disfrute del tiempo libre, la cultura, la nocturnidad, se vuelven tareas tan imperiosas como garantizar vacunas.

Por Consuelo González[1] y Luis Arévalo[2] para La tinta
[1] Trabajadora Social. Investigadora de la FCS – UNC. Becaria Doctoral Conicet.
[2] Sociólogo. Docente e Investigador de la FCS – UNC y del IAPCS UNVM.
Participantes del Colectivo de Investigación – Acción Entre-Generaciones. FCS UNC
[3] Datos tomados en base a un estudio cuantitativo sobre Jóvenes y Pandemia realizado en el mes de mayo de 2020 en el marco del Proyecto: “Jóvenes, educación, trabajo y participación: Estrategias y circuitos de acceso que los jóvenes de sectores populares despliegan en contextos y tiempos de restricciones”, dirigido por la Mgter. Patricia Acevedo. FCS – UNC.

FUENTE: La Tinta

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